Costa Rica, conocido por su lema ‘Pura vida’, enfrenta una creciente amenaza: bandas de narcotraficantes han fijado al país como objetivo.
Las afueras de San José ya están inundadas de cocaína y fentanilo, mientras la Policía busca desesperadamente a los líderes criminales que buscan expandirse. En Pavas, considerado uno de los distritos más peligrosos, la presencia policial es constante, pero la violencia persiste.
El riesgo de convertirse en un narcoestado es real, con ajustes de cuentas nocturnos en forma de asesinatos y robos. El año pasado, la guerra de pandillas aumentó la tasa de homicidios en un 40%, alcanzando niveles récord. La situación es insólita para un país que, hace 70 años, disolvió su ejército en pro del progreso, liderado por el presidente Figueres.
El Ministro de Seguridad Pública, Mario Zamora, admite la falta de preparación ante un narcotráfico tan violento. Las críticas apuntan al presidente Rodrigo Chaves y a la fiscalía, señalando negligencias y posibles complicidades. Ante este panorama, Costa Rica busca la cooperación de la Unión Europea para fortalecer la seguridad y reducir el flujo de cocaína hacia Europa.
El Embajador de la Unión Europea en Costa Rica, Pierre-Louis Léglise, destaca la disposición de la UE para compartir buenas prácticas y ofrecer expertos en aspectos policiales y legales. El gobierno planea aumentar el número de policías en un 10%, pero la crisis económica y la pobreza alimentan la degradación social, facilitando el éxito de clanes delictivos.
En este escenario crítico, muchos temen que, sin medidas inmediatas y efectivas, Costa Rica podría caer bajo el control del narcotráfico en cuestión de meses. La cooperación internacional y un enfoque integral en seguridad son cruciales para evitar el colapso del paradisíaco país centroamericano.
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