El árbol que quería ser el más grande

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El árbol que quería ser el más grande
El árbol que quería ser el más grande

arbol 1

En un valle rodeado de montañas vivían muchos animales y crecían árboles de distintas formas y tamaños. Había sauces que inclinaban sus ramas sobre el río, pequeños arbustos llenos de flores y enormes algarrobos que parecían tocar el cielo. En medio del valle crecía un joven árbol llamado Roble. Aunque era fuerte y tenía un tronco recto, todavía era pequeño comparado con los grandes árboles que lo rodeaban.

Roble pasaba los días mirando hacia arriba.

—Algún día seré el árbol más grande de todo el valle —decía con orgullo—. Todos los animales vendrán a admirarme y nadie podrá compararse conmigo.

A su lado crecía un pequeño arbusto de flores amarillas llamado Florín.

—¿Y para qué quieres ser el más grande? —le preguntó una mañana.

—Porque los grandes son los más importantes —respondió Roble—. Mira aquel algarrobo. Todos lo respetan. Sus ramas dan sombra, los pájaros construyen sus nidos en él y los animales descansan bajo su copa. Yo quiero ser así.

Florín sonrió.

—Quizá ser importante no tenga que ver con el tamaño.

—Eso lo dices porque eres pequeño.

arbol 2

Pasaron los años y Roble creció. Cada primavera sus ramas eran más largas y su tronco más grueso. Finalmente llegó a ser uno de los árboles más altos del valle.

Los animales comenzaron a fijarse en él.

—¡Qué árbol tan enorme! —decían los conejos.

Roble estaba encantado.

—Lo sabía —pensaba—. Ahora todos me admiran.

Pero su orgullo hizo que empezara a despreciar a los demás. Cuando los pájaros buscaban una rama para descansar, Roble decía:

—Busquen otro árbol. No quiero que mis ramas se llenen de hojas y plumas.

Cuando los conejos se refugiaban de la lluvia bajo su copa, los espantaba.

—¡Váyanse! No quiero que ensucien mis raíces.

Incluso se burlaba de Florín.

—Sigues siendo pequeño después de tantos años. ¡Qué triste!

Florín nunca respondió con enojo. Simplemente continuó creciendo a su manera y llenando el lugar de pequeñas flores amarillas.

 

TORMENTA CASI SE TUMBA A ROBLE

Un día, una fuerte tormenta se acercó al valle. El cielo se volvió oscuro y comenzó a soplar un viento tan fuerte que los árboles se estremecieron. Los animales corrieron buscando refugio.

Los conejos se escondieron entre las rocas. Los ciervos buscaron una cueva. Los pájaros volaron desesperadamente.

Roble, que se consideraba el árbol más fuerte del valle, permaneció erguido.

—¡No tengo miedo! —gritó mientras el viento golpeaba sus ramas—. ¡Soy el árbol más grande y poderoso!

Pero una ráfaga extraordinariamente fuerte quebró varias de sus ramas. Roble comenzó a inclinarse.

—¡Ayuda! —gritó.

El viento siguió soplando hasta que una de sus raíces quedó parcialmente expuesta. El enorme árbol estuvo a punto de caer.

Entonces escuchó una voz conocida.

—¡Roble! ¡Agárrate!

Era Florín.

El pequeño arbusto había crecido alrededor de las raíces de Roble y, junto con otros arbustos y plantas, formaba una densa red que ayudaba a mantener firme la tierra. Además, varios animales habían regresado para refugiarse junto al árbol.

Los conejos comenzaron a remover tierra alrededor de las raíces. Los topos hicieron túneles que permitieron que el agua se filtrara. Durante horas, todos trabajaron juntos.

Finalmente, la tormenta pasó.

Roble estaba herido y había perdido muchas ramas, pero seguía en pie, miró a su alrededor y vio a todos aquellos pequeños seres que lo habían ayudado. Después miró a Florín.

—No entiendo —dijo—. Yo nunca hice nada por ustedes. Incluso muchas veces los rechacé. ¿Por qué me ayudaron?

Florín respondió tranquilamente:

—Porque ayudar no depende de cuánto recibimos, sino de quiénes decidimos ser.

Roble permaneció en silencio, pues por primera vez comprendió que había confundido grandeza con importancia.

Durante toda su vida había querido ser admirado por su tamaño, pero había olvidado algo mucho más valioso: ser útil para los demás. Desde aquel día cambió.

Sus ramas volvieron a crecer y ya nunca volvió a espantar a los animales. Permitió que los pájaros hicieran sus nidos, que los conejos descansaran bajo su sombra y que los viajeros se protegieran del sol.

También comenzó a cuidar de Florín.

—Quizá nunca seas tan grande como yo —le dijo un día.

—Y quizá tú nunca seas tan pequeño como yo.

Ambos rieron.

Con el tiempo, Roble se convirtió en el árbol más querido del valle, aunque nunca llegó a ser el más alto, y los animales ya no hablaban de su tamaño. Hablaban de su generosidad.

MORALEJA

La verdadera grandeza no está en ser más grande, más rico, más fuerte o más poderoso que los demás, sino en saber utilizar nuestras cualidades para ayudar y hacer el bien. Quien vive buscando admiración puede terminar solo; quien comparte lo que tiene y ayuda a los demás termina ganándose algo mucho más valioso: el cariño y el respeto.