SALIERON A BAILAR Y A PEDIR CARAMELOS EN DÍA DE BRUJAS Y TERMINARON EN UNA FOSA
La noche de Halloween combina ánimo festivo, alcohol, máscaras y gusto morboso por lo siniestro. Con esa explosiva combinación no es de extrañar que varios de los crímenes más llamativos y horrendos de la crónica negra hayan tenido lugar en esa fecha tiñendo de sangre cada 31 de octubre en Estados Unidos. Cuidado, estas historias de terror son reales y “Zona Gore” te las cuenta todas hoy.
LUIS COLMENARES: EL DIABLO Y MINNIE MOUSE

La tarde del 30 de octubre de 2010, el joven universitario de Bogotá Luis Andrés Colmenares dudaba si acudir o no a la fiesta de Halloween en la discoteca Penthouse.
Llegó a redactar una lista de pros y contras, y en los pros escribió: “Arreglar el problema con Laura”. Ella era una adinerada compañera de clase con la que salía desde hacía pocas semanas. Decidió ir: varias fotos le muestran disfrazado de diablo y a Laura Moreno de Minnie Mouse, divirtiéndose junto a varios amigos. Horas después, el cadáver de Luis Andrés aparecía en un río. Así se inicia uno de los casos más mediáticos de los últimos tiempos en Colombia.
Aunque en un inicio su muerte fue considerada un accidente provocado por la ebriedad, la familia Colmenares contrató una investigación forense particular después de que la madre de Luis Andrés declarase que se le había aparecido su hijo en sueños susurrándole: “Mami, la prueba está en mi cuerpo, búsquenla”. La conclusión fue mucho más dramática: asesinato.
Se esgrimió que el joven había muerto tras una brutal paliza y que su cadáver solo fue arrojado al agua horas después de muerto. Siguieron varios juicios al exnovio de Laura, Carlos Cárdenas, la teoría de que los escoltas de la joven habían acabado con el estudiante, contradicciones en los testimonios, falta de pruebas y la absolución tanto de Cárdenas como de Laura Moreno y Yesi Quintero, otra amiga que había salido aquella noche. Tras el último juicio en 2017, la versión oficial es que la muerte de Luis Andrés Colmenares se produjo de forma accidental, pero la fiscalía y la familia mantienen la teoría del asesinato.
TIMOTHY: EL NIÑO Y EL CARAMELO CON CIANURO
Y la leyenda urbana por antonomasia de Halloween se hizo realidad. El atávico miedo a las manzanas de caramelo que ocultan cuchillas de afeitar tiene un terrible precedente que tuvo lugar en Texas en 1974.

El pequeño de ocho años Timothy O’Brian moría envenenado tras tomar una barra de Pixie Stix, un caramelo de pica pica en polvo todavía muy popular que había sido envenenado con cianuro.
El doble horror vino cuando se demostró que su propio padre había sido el asesino, que agobiado por las deudas intentó cobrar varios seguros de vida que había contratado para el niño. Además, intentando encubrir su crimen, le había dado Pixie Stix envenenados también a su otra hija Elizabeth y a varios niños del vecindario más, pero estos no llegaron a consumirlos. Ronald O’Brian fue condenado a muerte y ejecutado diez años después, ya convertido para los restos en “el hombre que mató Halloween” o en el auténtico “Candyman”.
KARL JACKSON: MUERTO POR UN HUEVO
Un clásico de la fiesta en Estados Unidos es arrojar huevos a coches de desconocidos. Karl Jackson no se lo tomó muy bien cuando unos adolescentes se lo hicieron la noche de Halloween de 1998, mientras iba a recoger con su novia al hijo de esta que estaba en una fiesta.
Descendió del vehículo, tuvo una breve discusión con los chicos que le habían lanzado los huevos, y al volver a entrar en el coche uno de ellos sacó un arma y le disparó. El asesino era Curtis Sterling, de solo 17 años. El New York Times señala que desde 1984 han sido heridas o asesinadas en incidentes relacionados con lanzamientos de huevos durante la noche de difuntos 24 personas.
MARTHA MOXLEY: EL BESO CON UN KENNEDY
La noche de Halloween del 75 la quinceañera Martha Moxley acudió a una fiesta en casa de los Skakel, sus vecinos en el exclusivo barrio de Belle Haven, en Greenwich, Connecticut. Durante la fiesta flirteó y se besó con Thomas Skakel, con quién fue vista por última vez. A la mañana siguiente, el cuerpo de Martha aparecía sin vida en el patio trasero de su casa. Había sido golpeada hasta la muerte con un palo de golf.

Veinticinco años después el otro hermano Skakel, Michael, que también tenía 15 años cuando ocurrieron los hechos, fue acusado del asesinato. Se daba la circunstancia de que los Skakel eran sobrinos de Ethel Skakel Kennedy, viuda de Bobby Kennedy, por lo que su leyenda y aura les proporcionaba tanto ciertos privilegios como el interés desatado de la prensa. El juicio de 2002 condenó a Michael a 20 años de prisión, aunque él sigue alegando su inocencia. El caso sigue recibiendo la atención del público 40 años después y ha inspirado numerosas obras tanto de ficción como ensayos, entre ellos la novela Una temporada en el purgatorio, de Dominick Dunne, adaptada al cine en 1996 con un joven Patrick Dempsey como uno de los turbulentos hermanos.
EL ASESINO SILENCIOSO
Lauren Meanza, Leslie Mazzara y Adriane Insogna compartían casa en Napa, California. La madrugada de Halloween de 2004 Lauren se despertó sobresaltada en su dormitorio, situado en la planta baja, por los ladridos de su perro. Escuchó que alguien entraba en la vivienda y subía las escaleras. Pensó que se trataba del novio de Leslie, pero minutos después escuchó un alarido de terror. Era Adriane pidiendo auxilio. Lauren se asomó a la puerta de su habitación y vio cómo un hombre bajaba las escaleras rompiendo objetos.
Presa del pánico, la joven huyó hasta el patio trasero de la vivienda, que daba a un muro tan alto que convertía el espacio en una ratonera. Dentro de casa, el desconocido seguía moviéndose, y Lauren escuchó de nuevo los gritos de Adriane.
Volvió a entrar en la vivienda e intentó llamar a la policía desde la cocina, pero la línea había sido cortada. Sin saber qué hacer, Lauren subió a la habitación de Adriane. Se encontró la estancia cubierta de sangre, a Leslie acuchillada sobre una pila de ropa y a Adriane detrás de la cama, todavía viva pero exangüe por las numerosas puñaladas que le habían propinado.
Lauren logró bajar hasta su dormitorio, con los pies descalzos manchados por la sangre de sus compañeras, y llamó a la policía desde su móvil. El doble crimen tardó un año en resolverse. El culpable resultó ser Eric Copple, marido de Lily Prudhome, una de las amigas de Adriane. Él mismo confesó su autoría sin dar ningún motivo para los asesinatos.
PETER FABIANO: LAS ASESINAS LESBIANAS
La norma universal de no abrir a los desconocidos se rompe cada noche de Halloween con la tradición de ir a pedir caramelos por el vecindario. Una precaución elemental se trasgrede así para mantener una costumbre inocente y divertida.
O eso debió de creer Peter Fabiano cuando llamaron a su puerta la noche de difuntos de 1957. Al otro lado había alguien vestido con una máscara, pintura y guantes rojos, pero no era un niño ni un tardío adolescente, sino un adulto que le disparó en la cabeza con una pistola envuelta en una bolsa de papel.
Semanas después dos mujeres, Goldyne Pizer y Joan Rabel, eran detenidas como coautoras del crimen. Joan había mantenido una relación con Betty, la esposa de Fabiano, durante una crisis del matrimonio.
Incapaz de superar la ruptura, había convencido a Goldyne, su amiga y probable amante, de que el hombre era malvado y merecía la muerte. Por amor a Joan, obedeció, y ella fue la que empuñó el arma y efectuó el disparo. “Las asesinas lesbianas” (así las llamaron) hicieron las delicias de la prensa, que aprovechó para identificar a las mujeres homosexuales como peligrosas odiahombres capaces de lo peor.
HATTORI: TOC, TOC en PUERTA EQUIVOCADA
Yoshihiro Hattori era un estudiante japonés de intercambio de 16 años que pasaba un curso en Baton Rouge, Luisiana (EE. UU.). La noche de Halloween de 1992, Hattori se dirigió a una fiesta disfrazado de John Travolta en Fiebre del sábado noche.

Pero, poco familiarizado con el vecindario, llamó a una casa que no era la correcta. En realidad la fiesta se celebraba a seis casas de allí, en la misma calle. Como no le abrían, volvió al coche, momento en el que de la casa salió el dueño, Rodney Peairs.
“Hemos venido por la fiesta”, dijo Hattori, acercándose a él. “¡Quieto!”, le gritó Peairs. Pero probablemente el joven no le entendió bien debido a su limitado conocimiento del inglés.
Hattori llevaba una cámara que Peairs confundió con un arma, así que le descerrajó un tiro a quemarropa. Dijo que el aspecto del joven daba miedo. El episodio tuvo gran repercusión en Japón, donde sirvió para reflexionar sobre el choque cultural con una sociedad, la americana, donde la prevalencia de las armas es absoluta y la idea de defender la propiedad privada llega hasta el extremo. Ya sabes, cuidado cuando pidas dulces por Halloween el próximo año…




