En el restaurante Malabú, ubicado frente al mar en Barranca, un sicario irrumpió en pleno horario de atención y apuntó directamente a la cabeza del empresario gastronómico Fito Gamarra, ante la mirada atónita de familias y clientes.
Las cámaras de seguridad registraron cada segundo. El atacante ingresó al local y se dirigió sin titubeos hacia el mostrador donde el empresario conversaba junto a su hijo y un grupo de amigos. Sacó un arma de fuego y la colocó a centímetros de su cabeza.
Pero en el instante en que iba a disparar, ocurrió lo impensado: el arma se trabó. Ese desperfecto fue el segundo que marcó la diferencia entre la vida y la muerte. El hijo del empresario, que ya había advertido la presencia sospechosa del sujeto, reaccionó de inmediato. Le lanzó un objeto —según los registros, un vaso— y logró desestabilizar al delincuente. El atentado quedó frustrado.
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Antes de escapar, realizó disparos al aire mientras los comensales buscaban refugio debajo de las mesas.




