El día que Poggi estranguló al “descuartizador de lima”

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Mario Poggi
Mario Poggi

PSICOLÓGO SE ‘FRUSTRÓ’ PORQUE NO PUDO HIPNOTIZARZARLO PARA QUE CONFESARA Y LO MATÓ

En la memoria del periodista peruano Jorge Salazar quedó grabado para siempre el día que conoció al psicólogo, criminólogo y actor Mario Poggi. Fue la tarde del viernes 7 de febrero de 1986, después de que la recepcionista de la revista Caretas lo llamara por la línea interna. La voz de la mujer sonaba nerviosa y no era para menos, acababa de tener enfrente un tipo vestido de manera estrafalaria que entró exigiendo hablar con el director.

 

Vengo de estar con el descuartizador de Lima. Soy Mario Poggi, soy psicólogo de la Policía de Investigaciones, si quieren los llevo para que vean cómo hipnotizo al asesino y lo hago confesar sus espantosos crímenes – le dijo a la mujer.

-No está, no puede recibirlo– atinó a contestar la recepcionista y el hombre siguió insistiendo, cortándole el paso a cualquiera que se le cruzara en el hall. Recién cuando se fue, la mujer levantó el teléfono y llamó a Salazar, que era el secretario de redacción.

-Salazar, afuera hay un loco que dice que tiene información sobre el descuartizador Díaz Balbín. Me ha dado miedo, pero nadie le ha hecho caso y se ha ido- le dijo.

“Ese era el caso de moda. Le pregunté a la recepcionista cómo era el hombre y tuve una corazonada. Así que bajé corriendo a buscarlo y lo encontré. Me dijo que tenía un negocio. Efectivamente, era el psicólogo de la policía, y se había robado todas las investigaciones e interrogatorios de la policía”, recordaría después el periodista.

El “negocio” era que la revista le pagara a cambio de llevar a un periodista y un fotógrafo para tener la exclusiva del momento en que, aseguraba, lograría la confesión del hombre acusado de ser “el descuartizador de Lima”. Salazar aceptó y llamó al fotógrafo Víctor Vargas para que lo acompañara. Se subieron a un taxi que los llevó hasta la sede de la División Homicidios, donde Poggi entró como perico por su casa mientras los policías lo saludaban tratándolo de doctor. Los agentes obedecieron sin poner un solo reparo cuando les pidió que le llevaran a Ángel Díaz Balbín a una oficina. El reo llegó esposado y en muy mal estado. Salazar lo vio casi esquelético y con la barba desprolija y muy crecida.

Lo que siguió no fue el prometido interrogatorio bajo hipnosis para que confesara que era el descuartizador de Lima sino una suerte de ceremonia esotérica que a Salazar se le antojó bizarra. Poggi le tocaba la cabeza y gritaba una y otra vez: – ¡Eres el descuartizador, aquí en el cráneo puedo palpar tu inteligencia asesina!

Poggi y el presunto “Descuartizador de Lima”
Poggi y el presunto “Descuartizador de Lima”

“ACABÉ CON EL MONSTRUO”

Frente a los gritos del psicólogo, el reo permanecía impasible, sin pronunciar una sola palabra. La esperada confesión no llegó. De todos modos, la nota era atractiva y salió publicada al día siguiente, con fotos del “interrogatorio” de Poggi a Díaz Balbín. Ese sábado, Salazar se volvió a encontrar con el psicólogo. “Sucedió que al ‘pata’ (Poggi) le habíamos pagado la mitad, y quedamos en darle la otra mitad el sábado. Vino, recibió su cheque”, contaría cuando los hechos se habían consumado.

El domingo 9 vio una vez más a Poggi, no personalmente sino por televisión. Lo vio llorando frente a la cámara, en la misma oficina de Homicidios donde había interrogado a Díaz Balbín. Además de llorar, estaba sacado y gritaba: – ¡Salvé a la humanidad! ¡Acabé con el monstruo! – una y otra vez.

Esa misma mañana le había pedido al oficial de turno que le llevara al reo con los brazos esposados por la espalda. Quería interrogarlo sin testigos, solo con un grabador, para hacerlo confesar. Lo que ocurrió después lo contó el propio Poggi. Cuando estuvo solo con Díaz Balbín lo desnudó y también él se quitó la ropa. Intentó excitarlo para que le mostrara cómo violaba a las víctimas antes de matarlas y descuartizarlas. Relató que el sospechoso no respondió a sus intentos y que por eso lo puso boca abajo y lo estranguló con su cinturón. En el grabador quedó registrado el momento en que lo mató: “¡Así! ¡No te muevas, no te muevas! ¡No te muevas, asesino! ¡Asesino, asesino! ¡Ya no matarás a nadie asesino! ¡Maldito!”. De Díaz Balbín no quedó grabada una sola palabra. Poggi se vistió, salió de la habitación y avisó al oficial de guardia que al no conseguir la confesión había acabado con el asesino porque si lo dejaban en libertad seguiría matando.

Mario Poggi estuvo cinco años presos en la cárcel de San Jorge
Mario Poggi estuvo cinco años presos en la cárcel de San Jorge

ÁNGEL DÍAZ BALBÍN ENCAJABA EN PERFIL

Entre diciembre de 1985 y enero de 1986 la sociedad limeña vivió aterrorizada por la aparición en las calles y en algunos basurales de la ciudad de cadáveres desmembrados siempre envueltos en bolsas negras. Los medios no demoraron en bautizar al autor de semejantes crímenes con un nombre obvio, “el descuartizador de Lima”, que aparecía en letras tamaño catástrofe en todas las portadas. Se calculaba que había matado y trozado a veinte mujeres, pero se sospechaba que podían ser más.

La identidad del asesino era un misterio y la policía, presionada por la opinión pública, necesitaba resultados y, como suele suceder en esos casos, nada mejor que empezar por los sospechosos de siempre. En ese sentido, Ángel Díaz Balbín daba el perfil: era un tipo de 30 años que una década antes, en 1976, había asesinado a su tía Genoveva Días y a dos de sus primos. También se sospechaba – aunque no se lo podían probar – que había matado a una italiana llamada Nina Barzotti. A Díaz Balbín, por sus antecedentes penales, lo llamaban “el vampiro de Breña”.

Había sido condenado por los tres primeros crímenes y hasta 1985 había estado recluido en la cárcel de Lurigancho, una prisión de hombres ubicada en las afueras de Lima. Mientras estaba detrás de las rejas había estudiado y los informes penales destacaban su buena conducta, lo que le valió que a mediados de ese año le concedieran el beneficio de tener salidas transitorias.

Nunca se sabrán las razones que llevaron a Mario Poggi a robar los interrogatorios de la policía ni a presentarse con ellos en la redacción de Caretas y pedir dinero a cambio de una “exclusiva” del momento en que pensaba hacer confesar Díaz Balbín bajo hipnosis. Tampoco, más allá de sus dichos, por qué lo desnudó y lo ahorcó con un cinturón la mañana del 9 de febrero de 1986. Con su muerte, paradójicamente, Ángel Díaz Balbín terminó probando su inocencia, porque “el descuartizador de Lima” siguió matando y diseminando cadáveres trozados por la ciudad hasta que decidió desaparecer. La policía nunca lo descubrió.

Mario Poggi terminó como vendedor ambulante en una plaza de Lima
Mario Poggi terminó como vendedor ambulante en una plaza de Lima

TODO POR LLAMAR LA ATENCIÓN

En 1987, Poggi fue condenado a 12 años de prisión por el homicidio de Díaz Balbín, pero solo estuvo 4 años y 8 meses en el penal de San Jorge, hasta que en 1991 logró una reducción de condena por buena conducta. Por supuesto, no volvió a ejercer la psicología. Se hizo llamar “Loco”, y se tiñó el cabello de color verde para llamar la atención. Necesitaba dinero y se convirtió en un invitado frecuente en los programas sensacionalistas de la televisión peruana.

Poco después de salir en libertad escribió su segundo libro, El decálogo de la correa vengadora, un texto delirante centrado en el cinturón con que mató a Díaz Balbín. En 1997 publicó su autobiografía, titulada Yo sólo sé que soy un imbécil, en una pésima edición con letra verde, errores ortográficos, tipográficos y de edición. En realidad, el libro es un popurrí de citas sin sentido, relatos de fragmentos de su vida y algunos dibujos de pésima factura. En el año 2000, Poggi participó en la filmación del largometraje Mi crimen al desnudo, de Leónidas Zegarra, una película de bajo presupuesto y muy mala calidad que se estrenó en 2001. En una entrevista para presentar el filme publicada por el diario El Comercio aseguró: “Soy un héroe, los salvé de un monstruo”.

En 2006 intentó sin éxito armar un partido político ultraderechista al que llamó “Partido La Reconchatumadre” para postularse como candidato a la presidencia del Perú. Fue un intento fallido, no solo desde el punto de vista político sino para obtener lo que realmente buscaba: que le volvieran a prestar atención. Terminó como vendedor ambulante en una plaza de Lima, donde ofrecía como únicos productos sus propios libros.

Mario Poggi Estremadoyro murió de un infarto el 25 de febrero de 2016, a los 72 años, en el Hospital de urgencias Casimiro Ulloa en Miraflores. Ya nadie lo recordaba. En cuanto a la identidad del verdadero “descuartizador de Lima”, sigue siendo hoy uno de los mayores misterios de la historia criminal de Perú.