
ARGENTINO SUÑÉ REVENTÓ A GALLARDO Y DESATÓ EN INFIERNO EN LA CANCHA
En la desdichada noche copera el árbitro Otero expulsó a 19 jugadores; esto es, todos menos los arqueros, Rubén Sánchez y Luis Rubiños, más Julio Meléndez Calderón, brillante defensor limeño que por entonces gozaba de la idolatría de la hinchada de Boca. En realidad, Sánchez sí había intervenido en la reyerta, pero el árbitro recién lo advirtió una vez que lo pusieron al tanto sus asistentes, un línea brasileño y otro ecuatoriano.
Uno de los cruces más salvajes tuvo como protagonistas a dos futbolistas ya fallecidos, el argentino Rubén José Suñé y el peruano Alberto Gallardo. Suñé persiguió por un buen tramo a Gallardo, que en medio de la huida lo impactó con una patada «voladora» que le abrió una profusa herida que demandó siete puntos de sutura en la clínica porteña Santa Isabel.
Campos (fractura de tabique nasal y corte en el labio superior) y Fernando Mellán (conmoción cerebral en primer grado) fueron trasladados al Hospital Argerich, mientras el comisario de la seccional 24 decidía llevar detenidos a todos los futbolistas, incluso al entrenador de Boca, José María Silvero, y al mismísimo árbitro uruguayo Otero.
Rubén Suñé sangra. Desde una herida abierta en el pómulo izquierdo cae un chorro rojo que le mancha el rostro y el cuello y termina tiñendo el borde superior del frente de su camiseta azul y oro.
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Al capitán xeneize, que luce orgulloso su cinta celeste con un elástico blanco en el bíceps izquierdo, lo rodean tres policías. La sangre de Suñé es producto de una patada karateca aplicada unos minutos antes por el delantero Alberto Gallardo, que desde el césped se defendió como pudo de un empujón inicial del Chapa. Todo comenzó entonces, mientras Boca reclamaba al árbitro uruguayo Alejandro Otero un penal por una supuesta infracción contra Roberto Rogel, que sobre la hora cayó en el área del visitante con el partido 2 a 2. La falta, en realidad, pareció ser del atacante. En la jugada siguiente, el capitán auriazul derribó a Quesada y en ese momento se desató todo, mientras Fernando Mellán pateaba a Ángel Clemente Rojas.
El descontrol es absoluto. En un costado de la cancha, Jorge Coch (autor del primer gol boquense) le pega una patada criminal a Eloy Campos, a quien le rompe el tabique y le causa una pérdida del conocimiento. Fernando Mellán, que acude en su defensa, pierde el equilibrio y en el piso recibe otro patadón de Coch, que le produce una conmoción cerebral. Mientras, Orlando De la Torre corre a luchar por sus compañeros caídos y reparte golpes de puño a dos jugadores de Boca al mismo tiempo.
La Bombonera se convierte en una gran jaula de UFC a cielo abierto. Hay acción en diferentes sectores del campo. Empujones, corridas, tomas de catch, patadas, puñetazos, sangre, desmayos. Es un vale todo. Algunos ven a Rubén Sánchez, el arquero xeneize, darle una trompada al delantero Carlos Gonzales Pajuelo en el medio del campo de juego, del lado de las plateas.
En un gesto de sensatez que nadie nota, Otero da por finalizado el partido, como si eso sirviera para que los jugadores automáticamente dejaran de pegarse. El informe oficial es lapidario: 19 expulsados. Se salvan apenas el zaguero peruano boquense, Julio Meléndez, y los dos arqueros, Sánchez y Luis Rubiños. También el mediocampista Ramón Mifflin, que no formó parte del caos, es sancionado.
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HOSPITALIZADOS Y PRESOS
El presidente Alberto José Armando declara ante el cronista del diario LA NACION: “Esto no sólo me avergüenza como directivo de Boca, sino mucho más como argentino. Si esto es el fútbol, mejor que se termine. Es indudable que todo se generó por la actitud de un árbitro incapaz”.
La historia no termina allí. Campos y Mellán, inconscientes, son derivados al hospital Argerich, ubicado a diez cuadras de la Bombonera. Suñé, ensangrentado y tras demasiados golpes dados y recibidos, también es enviado a un sanatorio. El resto de los futbolistas pasa la noche en la comisaría 24ª, de La Boca, por la aplicación de un edicto policial que sanciona con 30 días de arresto a los que son considerados responsables de incidentes en el marco de un acontecimiento deportivo.
Otros tres peruanos logran evitar el calabozo. Mientras De la Torre se peleaba con jugadores de Boca, su madre fallecía en Lima, impactada al enterarse del tremendo lío. El futbolista vuelve de urgencia a su país, acompañado por Gallardo y Del Castillo.
CIERRAN LA BOMBONERA Y LOS “HÉROES DE GUERRA”
El clima caliente no se da sólo en Buenos Aires y los hechos posteriores parecen extraídos de una película. En Perú, luego del partido, una multitud apedrea la embajada argentina, en reclamo por el arresto a sus jugadores. Casualidad o no, al mediodía siguiente, y por gestiones de la embajada peruana en Buenos Aires, el jefe de la Policía Federal resuelve conmutarles la pena a los futbolistas y dejarlos en libertad.
Las postales sin sentido continúan. El plantel de Sporting Cristal vuelve a Lima y es recibido como si sus integrantes fueran héroes de guerra. Cientos de compatriotas les expresan su solidaridad con gritos, cánticos y carteles.
El escándalo ocurrido en la Bombonera acapara la atención de los medios aquí y allá, e incluso deja en un segundo plano noticias mucho más relevantes.
El conflicto deportivo deriva en uno político: las relaciones entre ambos países están en tensión, en un contexto político y militar complejo. Mientras el general Juan Velasco Alvarado, mediante un cablegrama, alienta a Cristal por “defender la divisa con honor e hidalguía”, el diario Crónica titula “Viril repudio a la infamia de peruanos”, publica fotos de la tragedia del Estadio Nacional de 1964 y destaca: “Lindo récord de 300 muertos en un partido”. Y como si fuera poco, añade: “Perú vive de futbol, hambre e ignorancia. La hinchada peruana es salvaje y agresiva movida por múltiples complejos de inferioridad. Las ofensas peruanas van más allá del suceso deportivo y afectan sentimientos por una prensa indigna”.
Por el incidente, la Conmebol desclasifica de la Copa Libertadores a Boca y les da por ganados sus partidos contra los xeneizes a Universitario y a Rosario Central. La Bombonera, en tanto, es clausurada.
LA CONFESIÓN DE SÁNCHEZ
Cincuenta años después, Rubén Sánchez, que entre 1966 y 1975 protagonizó 219 partidos y es el eslabón que une a Antonio Roma con Hugo Gatti en el árbol genealógico de los grandes arqueros que defendieron la valla boquense, recuerda aquel hecho, en diálogo con La Nación.
“Íbamos 2 a 2, el partido se terminaba y era un resultado que no nos servía. En un momento dado cayó Roberto Rogel en el área y todos pedimos penal. Uno de mis compañeros empujó a uno de ellos y se armó una batahola en toda la cancha”, rememora. Y destaca: “Cuando parecía que se había calmado todo, alguien del cuerpo técnico de ellos empezó otra batahola. Era una locura. Nadie frenaba a nadie”.
Medio siglo más tarde Sánchez confiesa algo que nadie sabe: “A mí no me expulsó el árbitro, pero me citó el Tribunal de Penas. Resulta que a un compañero mío estaban pegándole en la mitad de la cancha, cerca de donde ahora está el túnel local, y el Tribunal me mostró una imagen en la que se me veía tirarle una trompada a un peruano, al que no alcancé a agarrar porque me asusté de sólo pensar en pegarle. Cuando me preguntaron si yo había pegado o no, les dije que cuando vi venir al rival me asusté y me defendí arrojando un manotazo al aire. Ésa fue mi excusa. En realidad, creo que si yo pegaba me noqueaba a mí mismo, porque nunca supe pelear. Nunca me gustó”.
El diario La Nación del día siguiente detalló los hechos: “Frente al arco que defendía Rubiños se dio una serie de rebotes, que provocó numerosos forcejeos por la posesión de la pelota. Entonces, el zaguero Mellán le aplicó un puntapié a Ángel Clemente Rojas, quien replicó de igual forma y Suñé, que pretendió ayudar a su compañero, fue empujado por Gallardo. Sí, por supuesto, una acción reprobable, que merecía la expulsión, pero nunca lo que después sobrevino, que figurará entre las más negras páginas de la historia del fútbol”.
Y así fue. Más de cincuenta años después, aquel Boca vs. Cristal sigue ocupando el primer peldaño de ese podio bochornoso.



