Jueves Eucarístico (15)

Jueves Eucarístico (15)

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redactor: Armando Campos

En uno de los primeros encuentros en la Plaza de Armas con mis amigos Juan, el viejo reciclador de botellas de plástico, José, el minero jubilado, y Raquel, la joven que se forjó en la calle en medio de la miseria, acordamos que si por algún motivo no podíamos reunirnos algún jueves en una de las bancas de la plaza, entonces recurriríamos a buscarnos o al menos indagar uno sobre otro o los otros.

Cruzamos números celulares y direcciones. Juan vive en una habitación con baño y pequeña cocina en uno de los barracones del Callao, suficiente espacio como para guardar su ‘máquina’, una bicicleta Monark de la década del 70.

Está expuesto a cualquier eventualidad, aunque para él, el día a día ya es un riesgo. A sus ochenta años monta muy bien la bicicleta, a la cual le ha adaptado dos espacios donde va acumulando su ‘mercadería’, la cual va haciendo añicos con una tijera de joyero que corta el plástico como si fuese papel. A lo largo de la avenida Colonial va parando de sitio en sitio para recoger las botellas y cuando llega a Lima, descarga su recolección en un depósito mayorista que le cancela al momento.

Hoy Juan está, como todos sabemos, disfrutando de un largo viaje por Centroamérica que probablemente termine en enero o febrero del próximo año. Juan me ha llamado por teléfono y me dice que está gozando como nunca. “Hay que viajar para aprender”, dice sabiamente el hombre.

José, el minero jubilado, también me ha llamado y me ha dado fortaleza porque él es un paciente cardiaco que ha sufrido un infarto pero hoy, definitivamente recuperado, pasa el tiempo muy cerca de la contemplación. ¿Cómo es eso? Como ya es jubilado hace buen tiempo, aunque no llega a los sesenta años, porque los mineros se jubilan con 15 años de servicio cuando trabajan en socavón, dedica buena parte de la semana a la pesca desde el muelle. Por eso viaja constantemente a Tambo de Mora y Cerro Azul, donde pasa todo el día dedicado a lanzar el anzuelo. José es un experto, logra numerosos peces, parte de ellos los come, otra parte vende, con lo que costea sus pasajes. “Dios siempre da y en abundancia”, dice con la certeza de un hombre de fe.

“Contemplar la grandiosidad obra de Dios, desde un muelle, es mi mejor tratamiento de vida”, sostiene el minero, que trabajó muchos años en las entrañas de la tierra.

“Disfruto mucho de la vida, de esta segunda oportunidad que el Señor me ha regalado, por eso todo el tiempo le agradezco y lo contemplo a través de su creación, toda esta magnífica obra”, dice sin temores.

La sencillez de estos dos hombres los hace dignos de admiración, porque disfrutan de la vida en paz, con amplitud y libertad.

Raquelita, la chica expirañita y ahora dama de compañía de turistas, nos entiende, nos ha tomado afecto y nos ha adoptado como sus parientes. Su historia, de una infeliz niñez, truculentas aventuras y riesgos constantes, dice aún no acabar, aunque se va abriendo camino en medio de penalidades que no le corresponde. “No creo que Dios no escuche los gritos de los más desgraciados”, dice mostrando esa singular sonrisa que deja notar hasta sus encías. Raquelita es una chica excepcional. Está labrando con su azarosa existencia, en medio de escabrosos y espinosos senderos, el camino que la llevará sin dudas a un luminoso futuro. Se está purificando como el oro al fuego.

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